¿Se pueden tener ídolos deportivos en los tiempos que corren? ¿Merecen la idolatría de los más jóvenes? ¿Quién no ha tenido ídolos a lo largo de su vida? Posiblemente nadie. Los más veteranos recordarán los tiempos de Kubala, aquel genio del balón medio húngaro, medio checo, español del todo. O de Di Stefano, capaz de maravillar con los pies a Europa entera desde un Real Madrid en la edad antigua futbolera cuando ya existía la competencia con el Barcelona, eso sí, sin la estupidez actual.
A la vez que con los ases del balón, dioses de una España deprimida, volcabas tu admiración en otros ídolos, recuerdan al Bahamontes de finales de los cincuenta haciendo barrabasadas geniales a los franceses cuando los galos con Anquetil y al eterno segundo, Poulidor, eran algo en su Tour de la France.
Después surgen pericos varios, miguelones únicos; antes los Taca de casta de un atletismo en mantillas, pura potencia a algo más de metro y medio de la hierba de los lodazales infinitos del cross hispano e internacional. González de acero toledano en san silvestres primitivas de espuma y confeti artesano en noble competencia con un cantabro bronceado en el Olimpo, azotes ambos del sir británico Coe y de su escudero Cramm. Libres, auténticos, limpios. Ídolos.
Tiempo ha que olvidaste aquellos dioses teutones vestidos de azul oscuro con ribetes blancos de la extinta RDA, tan admirada por la progresía al uso del momento; de aquellas féminas hombrunas, semejantes a armarios de tres cuerpos, modelados los tres según decían los progres de baratillo por su trabajo stajanovista del cuerpo al servicio de la noble causa comunista con plan quinquenal incorporado.
Olvidas las gráciles bellezas de Leizipg o de Postdam, saltimbanquis de piernas de canguro, capaces de proezas irrepetibles después de la caída del muro que las atenazaba y que hubieran podido saltar sin esfuerzo si las hubieran dejado. Postergas la admiración por las divisiones “panzer” de la carrera de más allá del Telón de Acero, de las Kra…..kovas impronunciables de record estratosférico, de las …senkhos rapidísimas; eliminas a unas y otros de entre tus ídolos al descubrirse, que tales locomotoras no eran tan naturales como parecían, que estaban, como diría un castizo, hasta las trancas de anabolizantes, de testosterona, de nandrolonas y todas las onas posibles y por haber.
Vas olvidando el balompié adocenado de presidentes cantamañanas de medio pelo o pelo entero; aspirantes a politicastros de segunda aupados a las presidencias a base de negro, populismo y labia. Ahí están, fotografiados con imberbes peloteros, engominados, vestidos de “horteraykenzo” o “macarrarmanis”; tatuados hasta las orejas con símbolos élficos o leyendas indias. Tan analfabetos como sus mentores, incapaces de diferenciar Celta de Galicia ni Pamplona de Osasuna, lo mismo da oriundos ridículos que autóctonos disléxicos. Exclusivamente preocupados por sus “caballinos rampantes”, sus fincas en las Fincas patrias o sus pedralves de la montaña a diez kilos de euros el cubil. Por las fiestas hasta mañana y por dar cuartelillo a las mayorettes que los rodean.
Te refugias en lo que crees la eficacia atlética de otras razas mejor dotadas para la actividad física desde su subdesarrollo impuesto. Piensas, ¿qué maravilla de velocistas negros? Black Power. Ya era hora. ¿Velocistas? Pura mentira. Puro Balco, pura química, puro tráfico. Revolución ya ante tanto fraude. Sustitución acelerada por los hijos de la bella Jamaica. ¿Hasta cuando durará? Hasta el próximo descubrimiento analítico quizás, o hasta que la genética modifique el proceso de forma irreconocible, sino lo ha hecho ya.
Sigues pensando cándidamente que todo el mundo es bueno. Triunfos nacionales en todos los campos. Soy español, a qué quieres perder. Dice la propaganda, o algo así. Cúmulos de medallas en casi todos los podios. Gestas inauditas. Pura raza. Los “trepapodios” políticos con fotógrafo de la cosa deportiva no paran de aquí para ya, comparten “flashes” y podios con los atletas, a veces los desplazan. La foto es la foto. Presumiendo como siempre. Pura raza. ¿Pura raza?
Aparecen sucesivamente las operaciones en los puertos. Puerto lastimosa y prematuramente cerrado ante el temporal de dudas éticas por la incompetencia de algunos. Le sigue el grial, no aquel de la búsqueda intemporal sino otro, encontrado precisamente aquí, no podía ser en ningún otro sitio, aquí. Grial atiborrado de Epo, de sangre congelada y toda la parafernalia al uso, que acaba salpicando a un quillo de graná mundialmente famoso. Y ahora, los galgos, y si se tercia, después, los podencos, sean vallecanos, de hortaleza o de palencia. Todos presuntamente corruptos. Si te queda algún ídolo, consérvalo. A lo mejor hay que cambiar el eslogan, ¿este quizás? Soy español voy hasta arriba a qué quieres perder. Tolerancia cero, dicen los del púlpito y trinque, salvados una vez más de sus propias crisis por una campana atlética que suena, quizás, a favor de sus intereses.
¿Y ahora qué hacemos? Nos han hecho bien la pascua por beber en fuentes que siempre o casi han estado contaminadas. ¿No lo sabíais directivos? Parece ser que era la comidilla. Y vosotros, como siempre, a lo vuestro. A llenar la alforja de prebendas.
Antes han saltado justa o injustamente otros, mayoritariamente “pedaliers”. Contaminados accidentalmente o queriendo. Otros muchos han penado por el camino, víctimas de una química delatora. Presumamos la inocencia de todos, de antes y ahora. Felicidades para ellos en el mejor de los casos.
Pero contestad, ¿Qué hacemos con los niños que los admiraban? ¿Qué les contamos? Que en la Blume todo el mundo lo sabía, (pero nadie decía nada). ¿Qué las alfombras eran tan grandes que cabía todo debajo. Que es un alivio lo ocurrido. ¿Les decimos eso a los niños? Excelente ejemplo. Así que, queridos ídolos y adláteres. Hasta nunca.
A partir de ahora me quedo con la admiración hacia los miles de colegas del running popular de la Casa de Campo, del Retiro, de las campas del norte, de la ribera del Guadalquivir o de cualquier rincón de España. Gente limpia que paga por correr; y también de los muchos, o son pocos, atletas que hay inmaculados. Son los únicos que merecen la pena. Gente, joven o mayor, que están todos los fines de semana y entre ella también (entrenando en secreto se les dice) dispuestos a amargarte deportivamente una tapia casa-campera a ritmo de chá, chá, chá, o a tope si se tercia catalizada por la edad; eso sí, sin eritropoyetina adicional, gastada ya toda la natural en su desarrollo durante los años cuarenta y cincuenta.
Sin transfusiones que no sean riojanas y libadas, no en vena, aderezadas con torreznos de matanza. Sin más ápice de testosterona extraordinaria que una pequeña cuota residual, capaz aún de hacer volver la cabeza en el “mortirolo” de Aravaca para mirar el paso de la grácil chavala que con su grupo lo asciende mayestática, sin esfuerzo.
Gente que sólo piensa en la dosis de chapata y compañía, con tomate o sin él, en la de tortilla y garbanzos con callos a seis bajo cero con los patos patinando en su estanque, pero dosis no tratadas por galenos especializados en ciencias ocultas, por gurús del rendimiento ilógico; de traficantes de atletas virtuales. A estos y todos los demás de semejante causa os gritamos: Id todos al guano con vuestros trapicheos, que os cunda, mentirosos.